Antes de que los neumáticos inflables de hule se convirtieran en el estándar, el ciclismo enfrentaba un problema constante: los pinchazos y la fragilidad de las llantas. A finales del siglo XIX y principios del XX, cuando los caminos eran irregulares y el caucho era caro y poco confiable, surgieron soluciones tan ingeniosas como las llantas metálicas con bandas de rodadura formadas por resortes o eslabones de acero.
Este tipo de llanta fue diseñado para un uso rudo y cotidiano. Su principal ventaja era simple pero contundente: no podía poncharse. Esto la hacía ideal para zonas rurales, bicicletas utilitarias, de carga o incluso de uso militar, donde no había acceso a refacciones ni talleres. Además, su estructura metálica ofrecía una durabilidad excepcional, capaz de soportar peso, desgaste y condiciones adversas durante largos periodos.
Aunque a simple vista parecían completamente rígidas, los resortes cumplían una función clave al absorber vibraciones y golpes del terreno, actuando como una forma primitiva de suspensión. También ofrecían mejor tracción en caminos de tierra, grava o empedrados, comunes en aquella época.
Con la evolución del caucho y la llegada de neumáticos inflables más ligeros, cómodos y eficientes, estas llantas quedaron en desuso debido a su peso, ruido y menor eficiencia. Sin embargo, su concepto no desapareció del todo: hoy vive reinterpretado en neumáticos sin aire y diseños industriales modernos.
Más que una rareza, estas llantas representan una etapa fundamental de la historia del ciclismo, donde la prioridad no era la velocidad ni el confort, sino la resistencia y la confiabilidad absoluta.







































